¿Qué pasaría si en vez de comprar un lavarropas fuese posible alquilarlo? No sería nunca propiedad del usuario, quien tampoco afrontaría los costos de una eventual reparación y pagaría apenas por la cantidad de lavados que realice. En ese caso, sería de esperar que el fabricante lo haría lo más resistente posible para evitar averías y reducir sus costos. ¿Y si existiesen envases retornables también para productos como detergente, jabón o hipoclorito? Las marcas probablemente generarían un circuito para recuperarlo, higienizarlo y ponerlo nuevamente en el mercado.

Estas ideas que parecen originales e incluso impracticables son sin embargo una realidad en varias partes del mundo. Las empresas que lo llevan adelante sustentan su sistema de producción y negocio en base a lo que hoy se define como economía circular. Se trata de un modelo productivo que propone darle el mayor valor posible al producto a lo largo de toda su vida, volviendo lo más eficiente posible cada proceso del que forma parte.

“Es una nueva economía que busca regenerar naturaleza, no solo minimizar los impactos. Además, busca mantener en constante circulación a los productos y los servicios con su mayor valor en todo momento”, explicó a Journey María José González, Coordinadora del Proyecto Biovalor, un programa público que busca desarrollar prácticas relacionadas a la economía circular en el sector agropecuario del país.

En el esquema de economía lineal los productos son diseñados para ser descartados una vez terminada su vida útil. Por el contrario, el nuevo modelo propone extender la utilidad del producto y los materiales que lo componen. “En la economía circular, al momento de sacar un producto al mercado ya estará diseñado todo su ciclo de vida, desde la extracción de la materia prima para su fabricación, la forma en que se la transporta y qué pasa en todo el proceso productivo, apuntando así a generar una línea de producción más limpia. Y después, a la hora que pasa al consumidor, cuánto va a consumir de energía y de recursos. Finalmente, a la hora de desecharlo, dónde y cómo va a ser reciclado o reutilizado”, explicó María José.

En este sentido, los emprendimientos que todavía se encuentran en su etapa de desarrollo cuentan con la ventaja de poder diseñar su sistema de producción en función del nuevo modelo económico. Para ello hay que pensar en una lógica en reversa, donde se considera el producto desde su destino final como desecho.

Para las empresas ya constituidas, el proceso puede ser más complejo ya que deben generar un cambio más profundo en procesos ya arraigados. En este sentido María José consideró que el primer paso es evaluar el consumo energético que implican sus procesos productivos, así como también los desechos que se generan a partir de ellos. Sin embargo, explicó, el principal desafío radica en el diseño de productos que no se conviertan en residuos poco tiempo después de llegar a las manos de los consumidores.

Una opción es transformar productos en servicios, como el caso de los lavarropas de alquiler y los envases retornables. La idea se fundamenta en evitar que las personas compren artículos que no necesitan y que puedan utilizarlos simplemente como un servicio. “Al fabricante le conviene porque va a tener un ingreso permanente en el tiempo, no tiene que preocuparse por explotar ventas. Entonces el modelo de negocio es factible”, sostuvo la experta.

María José aseguró que los conceptos de la economía circular ya están llegando a sectores que antes eran más refractarios a este tipo de ideas. 

El camino circular en Uruguay

Maria José confía que Uruguay no está muy lejos de esta tendencia mundial. “El concepto de economía circular logró entrar a niveles que antes no llegaba: hay sectores empresariales y políticos que empiezan a comprender y ver que es posible pensar en desarrollo y en crecimiento cuidando el ambiente”, aseguró.

Por caso, varios organismos del Estado están alineando estrategias para desarrollar espacios de incentivo de prácticas sustentables. Algunos de ellos son el Ministerio de Industria, Energía y Minería; el Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente; y el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca.

Junto a la Agencia Nacional de Desarrollo (ANDE) estos organismos llevan adelante “Oportunidades Circulares”. La iniciativa parte de la base de que las empresas que quieren adoptar un modelo de economía circular asumen desafíos distintos. Por tanto, es importante buscar formas de financiamiento que se adecúen a cada una de sus necesidades. El programa apunta a apoyar a emprendedores en proceso de validación de ideas y a empresas que buscan transformarse. En esta misma línea, la Agencia Nacional de Investigación e Innovación (ANII) otorga fondos a empresas, emprendimientos e investigadores.

A pesar de que en Uruguay no existe todavía una certificación para productos elaborados en un modelo de economía circular, existe un debate al respecto apoyado por Empresas B Uruguay. A su vez, se creó el premio “Uruguay Circular”, que reconoce a empresas que desarrollan prácticas alineadas con esas premisas. El pasado 5 de junio, en el marco del Día Mundial del Medio Ambiente, se anunciaron a los ganadores del año 2019. Algunos de los premiados fueron Lanas Trinidad, NIDO, Uruplac, Prendetec del Plan Ceibal y Repapel.

Para María José este es solo el comienzo, todavía hay mucho camino por recorrer. Sin embargo, confía que -así como hoy al hablar de economía nadie aclara que se refiere a la lineal“ en el futuro cuando hablemos de economía, solo deberíamos entenderla como circular”.

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