En pleno corazón del barrio Malvín, al sur de Montevideo, todavía se pueden encontrar esos pequeños lugares con aires de otro tiempo; espacios que remiten a la infancia y donde los vecinos todavía se saludan con genuino sentimiento de comunidad. En una de las calles más concurridas del barrio abre sus puertas todos los días, desde hace 25 años, la zapatería “El Orensano”. Su fachada amarilla ya es parte del paisaje de la calle Orinoco y detrás del mostrador de madera espera Andrea Della Valle con su habitual y envolvente sonrisa.

Andrea comenzó a trabajar en la reparación de calzados junto a su marido, quien a su vez abrazó el oficio que forma parte de un largo legado familiar. Poco a poco ella fue aprendiendo e incorporando el valor de reparar zapatos y extender su vida útil. “Cuando devuelvo un zapato arreglado para mí significa darle esa alegría al cliente de que lo va a poder seguir usando, de que le quedó como se lo imaginó. Me lo agradecen y a mí me pone contenta saber que puedo hacer algo por esa persona”, aseguró entusiasmada a Journey Andrea.

El oficio de Andrea, como el de tantos otros reparadores, brinda un nuevo valor y una nueva oportunidad a objetos que no son necesariamente desechables. Una lógica que la economía circular pone en valor. “La lógica de la reparación es uno de los corazones de la economía circular”, explió a Journey María José González, Coordinadora del Proyecto Biovalor, un programa público que busca desarrollar prácticas relacionadas a la economía circular en el sector agropecuario de Uruguay.

Para María José es importante trabajar en dos sentidos: diseñar productos que sean reparables y evitar comprar artículos que pueden ser consumidos como servicios. En Uruguay muchos artículos no se pueden abrir para ser reparados, o están hechos con materiales de baja calidad y, por tanto, tienen menor vida útil.

“En la economía lineal las cosas están diseñadas para desecharse rápidamente. Entonces, cuanto más rápido se rompa ese producto, más rápido van a vender otro. La economía lineal no tiene en cuenta todo el ciclo de vida del producto, solo piensa en el momento de fabricación y venta, pero no en qué pasa en postconsumo”, apuntó a la Coordinadora del Proyecto Biovalor.

“Hay cosas que no vale la pena arreglar, están hechas para ser descartables. El plástico, el sintético y los cueros ecológicos cumplen una vida útil corta, mientras que el cuero o el jean son materiales que pueden durar mucho tiempo más”, explicó Andrea sobre algunas de las prendas que recibe en su local.

Por eso, señaló, es esencial entender las particularidades de cada calzado y sus posibilidades. Cuando un zapato es de buena calidad recomienda a sus clientes tratar de evitar llegar al punto de la reparación dispensándole unos pocos cuidados previos. “Creo que es importante reparar, hay cosas a las que vale la pena dar otra oportunidad, por ejemplo, el cuero, pero creo también que es importante que la gente aprenda a cuidarlo, si lo dejo bien nutrido, con pomada, silicona, tiene zapato para muchos años más”, aseguró.

Por su parte, María José explicó que esta es la otra cara que relaciona a la economía circular con la reparación. Esta propuesta impulsa a los fabricantes a diseñar nuevas estrategias de venta que impliquen ofrecer servicios en vez de productos terminados. “Al fabricante le conviene porque va a tener un ingreso permanente en el tiempo, no tiene que preocuparse por explotar ventas. Entonces el modelo de negocio es factible”, sostuvo.

Andrea es optimista respecto del futuro de su pequeño negocio y sueña con que otras personas continúen su oficio con el mismo amor que ella y su marido brindaron desde siempre: “Me gustaría que este lugar siga siendo zapatería. Con gente que ame esto como yo”.

Si querés saber más acerca de la Economía Circular podés leer esta nota.