Bien temprano ese sábado Pilar Almirón salió de su casa en el barrio Colón de Montevideo. Muchas veces había pensado en deshacerse de esa enorme y pesada caja verde que ahora llevaba en el ómnibus mientras en su cabeza resonaba ese “chic, chic, chic” característico que hace tiempo dejó de oir. Cuando llegó al centro comunal del barrio Peñarol desde un parlante convocaban a los vecinos a sumarse a la fiesta: “Hoy Club de Reparadores en Peñarol. Traé tus objetos que te esperamos para arreglarlos”, invitaban.

Al ingresar al predio, Pilar explicó que quería volver a escuchar el “chic, chic, chic” de la máquina de coser de su abuela, sonido de fondo de las largas tardes de juego de su infancia.

Pilar fue una de las tantas personas que asistieron a la 14° edición del Club de Reparadores de Uruguay. Se trata de un evento itinerante de reparación colectiva y voluntaria que apuesta a generar un impacto positivo en el Medio Ambiente al alargar la vida útil de los objetos y evitar su descarte.

El movimiento de reparadores nació en Buenos Aires inspirado en los Repair Cafés de Amsterdam y los Restart Parties de Reino Unido. El objetivo es reunir a voluntarios y vecinos de distintos barrios con el afán de generar una jornada de reparación de objetos. De esta forma, se busca impactar de tres maneras positivas: ambiental, ya que se evita la generación de residuos; económico, porque promueve el trabajo de reparadores barriales y fomenta prácticas de consumo alineadas a la economía circular; y humano, al generar encuentros de personas con diferentes competencias que colaboran entre sí.


Los objetos que se reparan son variados; van desde piezas de bazar, hasta artículos de electrónica, costura y libros. “Nosotros siempre decimos que traigan el objeto que quieran, más allá de esas categorías, porque el desafío reside en buscarle la vuelta y entre todos poder repararlo. En general, lo que ocurre es que el objeto no lo arregla una sola persona, sino que precisa del apoyo de otros que saben de otros temas”, explicó a Journey Florencia Braglia, coorganizadora del Club de Reparadores de Uruguay.

Los objetos que llegan al club en general cuentan una historia. Pilar, por ejemplo, decidió cargar con el peso de su máquina de coser porque en ella todavía se refleja la imagen de su abuela en una pequeña habitación colmada de telas. Victoria García, una de las reparadoras voluntarias, recuerda una colección de muñecas antiguas de una familia de Tacuarembó. Álvaro Acosta, otro voluntario, todavía puede revivir el momento en el que le devolvió una radio a pilas a una señora que todas las noches se dormía sintonizando la AM, de la misma forma que lo solía hacer su madre con ese mismo aparato. “Todo lo que llega, llega porque tiene un valor importante para las personas”, aseguró Victoria.

Más allá de darle una segunda vida a estos tesoros, para el equipo del Club de Reparadores es muy importante transmitir que todos los objetos deberían durar más tiempo. Por este motivo, invitan a quienes concurren al evento a participar del proceso de reparación. De esa forma, les van revelando detalles acerca de cómo saber si un objeto es reparable o no. Algunas de las claves a la hora de comprar nuevos productos son: que exista un service en el país o departamento, que se consigan repuestos, elegir telas de calidad, chequear márgenes de costura en la ropa, qué tipo de tornillos tiene y si se puede abrir para reparar. Estos conceptos se alinean a una idea de economía circular, en la que el consumidor elije aquellos productos que no estén pensados desde su misma concepción para ser desechados.

El Club de Reparadores en Uruguay está integrado por un equipo de cinco organizadores y quince voluntarios fijos. Hasta el momento organizaron encuentros en distintos barrios de Montevideo: Cerro, Cordón, Parque Rodó y Aguada al tiempo que ya hicieron su primera experiencia en el interior, en Atlántida. Ahora proyectan desarrollar otra instancia más en Maldonado para expandir su alcance a todo el país.

“Para mí se trata de darle otra oportunidad a las cosas y a las personas, porque es una forma de demostrar lo que sabemos hacer, de aprender lo que no sabemos hacer y de compartirlo y de reparar todos esos objetos que de otra forma serían residuos”, concluyó Victoria.

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