Fernando Kenis todavía recuerda la primera vez que vio una impresora 3D. Era viernes y el envío proveniente del exterior, que tanto había esperado, finalmente había llegado a su casa de Canelones. Abrió entonces la caja con la emoción de un niño el día de su cumpleaños. Allí estaba la impresora que le daría la posibilidad de plasmar una idea digital en algo físico, tangible. Durante los siguientes dos días Fernando se dedicó a armar la máquina y a realizar infinidad de pruebas. El primer resultado fue un robot   que proponía el manual. Ésa, su primera creación, hoy cuelga del llavero de su padre.

Los días que siguieron a la llegada de la impresora 3D fueron pura diversión para Fernando y su hermano Leonardo. Se dedicaron a imaginar, diseñar, crear e imprimir. Pero cuando agotaron su primera carga de filamento se enfrentaron a un problema no menor: el costo era muy elevado. .

Juntos asumieron entonces el desafío de desarrollarlo ellos mismos.  Si bien los dos trabajan en rubros muy disímiles -herrería y agricultura-, su inquietud común los impulsó a probar y desarrollar máquinas, buscar información, estudiar robótica y soñar con convertirse algún día en inventores.

Así fue como empezaron a buscar alternativas y pronto entendieron que la solución estaba al alcance de sus manos. Las botellas de PET que sus vecinos desechaban sin más eran en realidad la materia prima que necesitaban para seguir dando rienda suelta a su creatividad.

El primer paso fue reciclar los envases y para ello se abocaron a la construcción de una máquina extrusora. “Fue como sacar la lotería, es un sentimiento que te llena por dentro, es un logro impresionante”, explicó Fernando a Journey. Sin embargo, el resultado obtenido no era consistente. La máquina que habían construido de manera casera estaba sujeta a variables que desconocían, que no podían controlar en muchos casos, y al cabo de un tiempo dejaba de producir el filamento. Por eso los Kenis comenzaron a pensar en soluciones a largo plazo.


En 2018 se presentaron a un llamado de la Cámara de Industrias del Uruguay (CIU) dirigido a emprendedores con ganas de desarrollar productos asociados al reciclaje. Tras ser seleccionados, obtuvieron financiación de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación para llevar adelante la investigación y comenzaron los ensayos en los laboratorios del Centro Tecnológico del Plástico (CTPlas). “Nuestro prototipo en un momento dejaba de tirar material y no sabíamos por qué. Había muchas variables que nosotros no conocíamos y esto nos ayuda a profesionalizar el proyecto”, explicó Fernando.

En la actualidad los hermanos Kenis visitan el laboratorio de CTPlas dos veces a la semana para realizar pruebas que les permitan mejorar su filamento. Decidieron en esta primera etapa utilizar un único tipo de plástico que reciben como donación del Plan Ceibal, quienes le brindan las partes plásticas de las laptops que ya culminaron su ciclo de vida. “La intención es que este plástico se pueda volver a reciclar, el tema es que tenemos que saber cuántas veces se puede. Para eso estamos ensayando y desarrollando distintas pruebas”, aseguró Fernando.

Esta nueva etapa como emprendedores es el impulso que los hermanos necesitaban para seguir soñando. Así lo confirma Fernando: “Nuestra meta a corto plazo es lograr un filamento que se pueda comercializar y a largo plazo poder hacer algo un poco más grande, poder procesar más plástico, para evitar que eso esté en la calle, poder ayudar de alguna forma con nuestras ideas”.


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