A meses de haber mudado el Mercado Modelo a la Unidad Agroalimentaria Metropolitana, Antonio Aufe vuelve al histórico edificio para desentrañar muchas de las historias que vivió en ese lugar: desde el primer cajón de mandarinas que vendió hasta la instalación del reloj de la entrada y su historia como pionero en la venta de Coca-Cola en el predio del mercado.

"La vida era difícil", así resume Antonio Aufe, de 87 años, los tiempos de su infancia en la década del ´40, cuando Uruguay recién comenzaba su recuperación luego de varios años de una profunda crisis económica. Vivía con su madre y sus dos hermanas en una modesta casa en la calle Apóstoles, a unas cuadras del Mercado Modelo de Montevideo. Recuerda como si fuera ayer la sensación de inmensidad y asombro que experimentó cuando, a sus cinco años, acompañó a su padre a la inauguración del icónico edificio. No podía saber en aquel entonces que pasaría los siguientes 75 años en ese mismo lugar.

En 1945, con tan solo 12 años, Antonio comenzó a trabajar en uno de los puestos del Mercado Modelo por recomendación de un vecino. "En casa había necesidad de trabajar para ayudar con los gastos", recuerda. Así comenzó la historia de un chiquilín de barrio que logró superar las dificultades y salir adelante con trabajo y decisión. "Si el Mercado no hubiera estado en el barrio, quién sabe lo que hubiera sido de mí", advierte Antonio, quien con el tiempo de convirtió en un comerciante con emprendimientos en diferentes rubros.


Fue precisamente el éxito que fue cosechando poco a poco el que determinó que en la década del ´70, la directiva del Mercado, presidida por la Concentración Nacional de Productores Agrícolas, le encargara el desafío de conseguir un reloj para la entrada del edificio. La elección de Antonio no era casual: su habilidad para gestionar y conseguir buenos resultados era ya conocida. 

Para ese entonces, Antonio, además de manejar su puesto de fruta, se encargaba de la venta a comisión de Coca-Cola en los cuatro kioscos que había en el predio.  “En los kioscos vendíamos cualquier cantidad de Coca-Cola, todos querían su botellita”, cuenta Antonio y recuerda que gracias a las buenas ventas consiguió unos casilleros extras. "Conseguí que me dieran unos casilleros de Coca-Cola para vender y con ese dinero de la venta de Coca-Cola fui a elegir un lindo reloj", cuenta orgulloso de su logro.

"Con el tiempo me di cuenta de que el reloj que había instalado manejaba los tiempos del Mercado", cuenta. Es que mientras miraba el caótico derivar de las miles de personas que pasaban todos los días por el mercado, de a poco comenzó a notar que cada tanto levantaban la mirada para chequear la hora. "La gente venía temprano a comprar, pero dando vueltas se les iba la hora y atinaban a mirar hacia arriba porque la mayoría no tenía reloj pulsera", cuenta.

Reloj del Mercado Modelo
Visto desde adentro: el reloj que vio pasar a miles de personas en el Mercado Modelo está actualmente fuera de funcionamiento.


Hoy, el reloj está fuera de funcionamiento, frenado en el tiempo como los 34.000 metros cuadrados del Mercado que recuerdan sus días de gloria cuando por sus imponentes puertas entraba y salía el 95% de la fruta y hortalizas que se comercializaba en el país.

Un camino de sueños y trabajo

El joven Antonio que comenzó con 12 años en el Mercado Modelo recibía cajones y armaba pedidos; comenzaba a trabajar a las cuatro de la mañana y recién terminaba pasado el mediodía, inclusive los domingos. "Ganaba un peso por día, que para mi casa era un platal". Pero Antonio veía cómo los italianos y españoles que frecuentaban el Mercado compraban para revender afuera y a los pocos meses aparecían manejando un camión nuevo de 1.000 pesos, monto con el que Antonio podría comprar una casa en el barrio.

Reloj del Mercado Modelo

Es así como un día, armado con determinación, Antonio le dijo a su patrón que quería probar suerte revendiendo al otro lado del Mercado, donde los vecinos solían comprar "al detalle". Munido con tres cajones fiados de mandarina y dos de ajíes, se instaló en el piso y empezó a vender. A las pocas horas ya se había quedado sin mercadería. Les pagó a sus patrones lo prestado y se fue a su casa "loco de la vida".

Sin mucho apoyo de su mamá, que tenía miedo de que su hijo perdiera la estabilidad que había conseguido, Antonio decidió transitar su propio camino. A los 15 años ya tenía su puesto en el Mercado Modelo mientras que por las tardes hacía fletes y ferias los fines de semana. "No paraba, mi mayor motivación era el deseo de comprarle una casa a mi madre", cuenta Antonio, y añade que igualmente siempre encontraba el tiempo para jugar al fútbol e ir al cine.

Lo cierto es que, en 1969, y ya devenido empresario, Antonio logró comprar una casa y hacer un apartamento para su madre.

Antonio Aufe, empresario Mercado Modelo

Mientras, el icónico edificio y su gente siempre estuvieron allí: "El Mercado fue mi salvación;  yo nunca dejé de ir para adelante", cuenta y después de unos segundos de reflexión, añade con una pequeña mueca en su cara: "Me fue bastante bien".

"Siento nostalgia, el Mercado me lo dio todo, pero ¿qué se puede hacer con el progreso? Este edificio también fue eso en su momento", piensa al referirse a la Unidad Agroalimentaria Metropolitana (UAM), donde concurre todas las mañanas para visitar su puesto -hoy gestionado por uno de sus hijos-, y aprovechar para tomarse un café con viejos clientes y charlar con amigos.

Sin embargo, el Mercado ocupa un lugar especial en su corazón. "Creo que, si el Mercado fuera una persona, hoy estaría contento de que lo vine a visitar", concluye.