“¿Cómo se fabrica un borrador de pizarrón?” Esta pregunta fue el disparador que encendió la creatividad de quienes integran la cooperativa La Fábrica, un espacio colaborativo de aprendizaje, expresión y trabajo; más conocido como un makerspace, término en inglés con el que se denominan a este tipo de propuestas. Corría el año 2017 y un grupo de alumnos había recolectado cientos de tapitas de plástico de botellas con el objetivo de darles una nueva vida útil dentro del aula y responder al pedido de la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP) que le había solicitado a La Fábrica el diseño y producción de 100 borradores.

Cerca del Palacio Legislativo, en Montevideo, en un edificio que alberga a cooperativas y organizaciones sociales, un grupo de jóvenes se anima a romper moldes. Diseñadores, arquitectos, ingenieros y carpinteros, entre otras profesiones, integran una cooperativa que se define como un espacio de hacedores. Sus siete miembros se conocieron gracias al interés común por el nuevo modelo de creación colaborativa que gana terreno en el mundo. En La Fábrica las personas se pueden reunir para cuestionar procesos y productos, reinventarlos y generar otros nuevos. De este modo dejan de ser meros consumidores para convertirse en creadores.


Plástico precioso

De la mano de Dave Hakkens, en 2013 nació en Holanda el proyecto  Precious plastic, que fomenta a las comunidades a fabricar sus propias máquinas para reciclar plástico. A través de un manual de código abierto, que se descarga libremente desde la página del proyecto, los usuarios pueden seguir un paso a paso para elaborarlas. El equipo de La Fábrica entendió que esta propuesta se enlazaba estrechamente con la idea de crear productos propios a partir de materiales descartados, por lo que comenzó a experimentar entonces con la posibilidad de generar un espacio de reciclaje de plástico.

Los borradores de pizarrón fueron el primer gran proyecto de La Fábrica y el puntapié inicial para investigar el amplio abanico de posibilidades que ofrece el plástico reciclado. Lo primero que hacen en el taller es clasificar las tapitas según su plástico y color. Luego las lavan en un lavarropas doméstico para pasarlas posteriormente por una picadora. Ese grano, o materia prima, es la que después a través de un proceso de calor se fusiona y genera planchas de plástico de distintos espesores.

“En este tipo de productos veo una nueva oportunidad, una forma de que las cosas no terminen en la basura. El residuo no es necesariamente un residuo”, explicó a Journey Victoria García, una de las cooperativistas, sobre la nueva vida que encuentran las tapitas de plástico en La Fábrica.

La versatilidad de este material les permitió elaborar libretas, juguetes, relojes de pared, llaveros, cuerpos de guitarras, elementos de decoración y martillos. El plástico que emplean en sus productos es del tipo HDPE, que se encuentra principalmente en tapitas de bebidas lo que facilita el acceso por su abundancia y cercanía a los consumidores.


Cuestionar, crear, vincular, reducir

A la vez que el plástico dejó de ser un desecho para encontrar una segunda vida en tanto materia prima de valor, y a medida que ello sirvió además para promover una mayor cultura del reciclaje, los siete cooperativistas comenzaron a pensar en nuevos proyectos como cargadores de celulares a pedal, consolas de videojuegos que funcionan gracias al depósito de tapitas, y distintos productos generados con lonas publicitarias descartadas.

La Fábrica no patentó ninguno de sus diseños porque, según advirtieron, el espíritu de un maker se potencia a través del conocimiento compartido. “No somos dueños de nada, porque mientras más gente haya haciéndolo, mejor”, aseguró Federico Cardelliac, otro de los miembros fundadores.

En este sentido, entienden que su modelo genera un doble impacto positivo: en el ambiente, al reducir el consumo; y en la sociedad, por promover el intercambio entre personas de diversos ámbitos. “Tiene que ver con el do it yourself, pero llevándolo un paso más allá y fomentando el do it with others. No sólo hacerlo uno mismo sino sociabilizar ese conocimiento”, apuntó Victoria.

Cuando sus jornadas laborales terminan y el día comienza a cerrarse, los jóvenes emprendedores se reúnen para poner en entredicho viejas costumbres vinculadas al uso y descarte de productos y pensar nuevos usos a materiales que suelen ser desechados. Ninguno de ellos vive de esto; sin embargo, y a pesar del cansancio, todos siguen adelante. Pero el esfuerzo, saben, valdrá la pena cuando, tal como sintetizó Rosana García “en el futuro exista una comunidad que le dé un uso activo a este espacio, más allá de nosotros y que se fomente la cultura del cuidado del medio ambiente”.


Si querés saber más acerca de Un Mundo sin Residuos el programa por el cual Coca-Cola se comprometió a recuperar y reciclar para el año 2030 el equivalente al 100% de los envases que introduce en el mercado podés leer esta nota.