El Valle del Lunarejo, en el departamento uruguayo de Rivera, fue declarado en 2016 Reserva de la Biósfera de la Unesco. Se trata de un paisaje único, con profusión de cerros y valles modelados por cursos de agua, donde se despliega una exuberante vegetación de tipo selvática subtropical. La gran diversidad de ambientes naturales que se desarrolla a lo largo de las 30.000 hectáreas del Valle alberga al menos a 150 especies de aves y atrae a los amantes de la naturaleza, que pasan horas recorriendo alguno de los cinco senderos creados para disfrutar al máximo de la Reserva.

Así como la flora y la fauna, también muchas comunidades dependen del ecosistema del lugar: “Es un área exclusiva de la región que es importante conservar, principalmente sus nacientes de agua, de las que dependen los poblados ubicados por debajo de la cuenca”, explica Aler Donadio, presidente de la Fundación INDRA, dedicada al desarrollo rural y de aguas.

En la última década, este paraíso natural sufrió serias modificaciones: el aumento de la población, el sobrepastoreo y la tala del bosque nativo, entre otros factores, aceleraron la erosión del suelo. Con el objetivo de revertir ese proceso, se puso en marcha en el segundo semestre de 2016 un proyecto que busca rescatar las especies autóctonas y las nacientes de agua en el Valle.

Con el apoyo de Coca-Cola, Fundación Avina y los gobiernos local y nacional, la Fundación INDRA trabajará durante cuatro años para conservar cerca de 3.000 hectáreas de monte nativo y las vertientes de agua.

El plan prevé actuar junto a los productores agropecuarios para preservar lo que todavía queda de monte nativo en sus terrenos, evitar el sobrepastoreo y eliminar especies invasoras –como la yerba pajarita, el eucalipto y el pino–, que crecen de manera veloz y desordenada y consumen mucha más agua que las especies autóctonas. Asimismo, se plantarán 2.800 ejemplares de 15 especies nativas cultivadas en viveros locales, como el Lapacho, Oreja de negro, Arazá, Palo Jabón, Sauce Criollo,  Anacahuita, Aruera, Caobetí y variedades de Pitanga, entre otras.

“Estas son algunas de las plantas más emblemáticas que desaparecieron por la acción humana y el pastoreo, y a las que les cuesta más crecer allí de forma natural; es decir, sin que se haga un manejo sustentable. Es importante recuperarlas porque el aumento del número de especies en el Valle del Lunarejo, por su capacidad de raíces, sobre todo en áreas en cuesta, ayudará a retener el agua, que escurrirá más despacio y podrá penetrar en el suelo”, subraya Aler, quien destaca el impacto positivo del proyecto: “Estamos hablando de todo el departamento de Tacuarembó y toda la cuenca del Río Negro. Si el agua se protege desde sus nacientes, todas las comunidades que están por debajo se verán beneficiadas. Trabajar en la conservación del bosque nativo es fundamental para que eso ocurra”.

Entre las metas indirectas del proyecto se incluye el fomento al turismo ecológico familiar en la región, para generar una fuente de renta extra para las comunidades: “El Caobetí es un árbol precioso, con flores muy llamativas y variadas, también el Palo Jabón es muy llamativo, no sólo por su tamaño sino por el color de sus hojas”, explica Aler.

Participarán de la iniciativa al menos 35 productores, que trabajarán durante los cuatro años del proyecto. Los primeros ejemplares se plantarán en invierno y primavera de 2017, y tendrán como máximo un metro de altura; es decir, habrán crecido cerca de dos años en el vivero, lo que garantiza un proceso exitoso. Una vez adaptados al monte nativo, Aler estima que tardarán 10 años en promedio para llegar a la “edad adulta”.

Las especies forman parte no sólo del paisaje sino de la identidad local: los antiguos pobladores del Valle aprovechaban sus propiedades curativas y hasta construyeron atractivas leyendas a su alrededor. 

Aruera, la bella joven convertida en planta que “pica”

La aruera crece en montes ribereños y de quebrada. Su madera es dura y pesada, por lo que suele ser utilizada en construcciones rurales, y, especialmente, como combustible. Sin embargo, cortar este árbol es bien riesgoso: la planta posee una sustancia alergénica volátil en su follaje, ramas y madera que puede causar fuertes reacciones en el ser humano. La leyenda cuenta que Aruera era una hermosa indígena que, tras sufrir varios desengaños amorosos, reencarnó en una planta venenosa para vengarse de quienes la habían hecho sufrir. En la tradición criolla, se utiliza el saludo “Buenas tardes, Señora Aruera”, por la mañana, y “Buenos días, Señora Aruera”, por la tarde, para evitar la “picadura de la Aruera”. 

Anacahuita, pimentero americano

También conocido como aguaribay o Gualeguay, el árbol de Anacahuita es muy conocido por su amplia distribución en América. Su copa es amplia y frondosa, de color verde claro. Entre septiembre y octubre se cubre con sus característicos ramilletes de flores blancas. Sus frutos, castaño rojizos, suelen emplearse en la cocina como un sustituto de la pimienta, por lo que el árbol también es conocido como “Pimentero” o “Falso pimentero”. La planta también tiene propiedades antisépticas y cicatrizantes. Su madera es muy apreciada ya que la presencia de taninos la hace casi imputrescible. 

Arazá, flores perfumadas y mermelada deliciosa

El arazá es un arbusto de entre uno y cinco metros de altura, y hasta tres metros de diámetro. Es típico de las sierras, orillas de bañados y arenales húmedos. Sus flores, perfumadas, son de color blanco, mientras que su fruto, comestible, se utiliza en la elaboración de mermeladas, jaleas y licores. 

Coronilla, sin prisa pero sin pausa

La coronilla es un árbol corpulento, bajo y espinoso, de crecimiento lento (su tronco aumenta de grosor sólo 2 mm por año). Los frutos son comestibles y adquieren una tonalidad violeta cuando maduran. Es común encontrarlo en bosques ribereños, aunque su presencia mermó debido a la tala, ya que su madera es usada como combustible. 

Oreja de negro, él árbol que escucha

La oreja de negro crece en climas templados, subtropicales y tropicales. También se lo conoce con los nombres de timbó colorado, timbó-puitá, guanacaste y pacará. Puede llegar a medir 30 metros de altura y dos metros de diámetro. Su copa tiene hojas compuestas y flores blancas, a veces verdosas, que aparecen a mediados de la primavera. Su nombre popular viene de su fruto, una vaina negra cuya forma y tamaño se asemeja a las de una oreja humana. Sin embargo, este fruto es tóxico, aunque el ganado suele alimentarse de él. 

Palo jabón, utilizado por los indígenas para su aseo

El palo jabón es un árbol de porte mediano a grande y de copa ramificada. El fruto es una baya que las poblaciones originarias empleaban como jabón para lavarse el cuerpo y la ropa, de allí su nombre. Con la llegada de los españoles, los jabones indígenas a base de plantas fueron sustituidos gradualmente por los jabones de grasa. Su tronco es recto y la corteza gris oscura, casi negra, con hendiduras longitudinales que, en ejemplares jóvenes, dejan ver un tono castaño rojizo. 

Pitanga, la especie rioplatense que recorrió el mundo

Hay varios tipos de Pitanga, que varían desde arbustos hasta árboles de corteza gris clara, maculada y follaje verde lúcido. Sus flores son hermafroditas y muy abundantes en las ramillas jóvenes.  Es muy cultivada como planta ornamental en casas y jardines. Sus hojas desecadas pueden sustituir al té, y sus frutos, comestibles, se consumen frescos o en conserva, mermeladas o jugos. Mercaderes portugueses llevaron la especie al Lejano Oriente, donde logró adaptarse. Junto a la castaña de Cajú, crece ahora en la India, Filipinas, Sri Lanka y China.

Sauce criollo, del campo al botiquín

El sauce criollo es uno de los mayores árboles del monte ribereño. Presenta un tronco grueso de corteza rugosa gris oscuro. Su inconfundible copa de color verde claro lo destaca en medio a los cursos de agua. Su corteza era tradicionalmente apreciada por sus propiedades analgésicas y antipiréticas. A mediados del siglo XVIII la medicina logró aislar su principio activo, desarrollo que luego derivó en lo que hoy conocemos como aspirina.